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Pregunta: Observamos con preocupación que la institución familiar, que durante siglos ha sido el pilar que ha sostenido a nuestra sociedad, atraviesa una profunda crisis: aumentan los conflictos en el hogar, se acelera la desintegración de las familias y, como consecuencia, los divorcios son cada vez más frecuentes. Ante esta preocupante realidad, ¿qué podemos hacer para frenar esta tendencia y restaurar la paz, la armonía y la estabilidad en el seno de la familia?
Respuesta: El proceso de desintegración de la familia, que comenzó inicialmente en las sociedades occidentales, fue extendiéndose de forma gradual hasta alcanzar también a las sociedades musulmanas. La geografía de Anatolia tampoco ha permanecido al margen de este fenómeno y, en la actualidad, el número de divorcios ha aumentado considerablemente en comparación con el pasado. De hecho, las estadísticas ponen de manifiesto con claridad la rapidez con la que la institución familiar se está debilitando y desintegrando. Sin embargo, aun sin recurrir a los datos estadísticos, basta con observar lo que ocurre a nuestro alrededor, reflexionar sobre las experiencias que vivimos y atender a los casos que presenciamos para comprender la magnitud de esta realidad. En lo personal, a lo largo de los años he sido testigo de numerosos problemas familiares entre personas de mi entorno más cercano. Algunos amigos acudieron a este humilde servidor en busca de orientación para afrontar las dificultades que atravesaban en sus hogares, y yo procuré ofrecerles, dentro de mis limitaciones, los consejos que consideré más acertados.
La familia como epicentro de la desintegración social
Ante todo, quisiera expresar que esta realidad me hiere profundamente y me llena de una seria preocupación. Cada vez que veo hogares destruidos, personas cuyos derechos han sido vulnerados y mujeres que han quedado desamparadas, siento deseos de sentarme a llorar. Cuando en una familia surgen graves conflictos o se llega al divorcio, tanto el hombre como la mujer terminan sufriendo profundas heridas. Poco a poco, el amor y la compasión ceden su lugar al resentimiento y al rencor. El ego se impone, las posturas se endurecen, comienzan las obstinaciones y afloran los deseos de venganza. Todo ello empuja a las personas a cometer errores aún mayores. Y las consecuencias no se limitan únicamente a los cónyuges: los hijos son quienes con mayor frecuencia padecen las secuelas de estas situaciones, mientras que los familiares y el entorno cercano también se ven afectados. Pero hay algo aún más preocupante. La familia constituye el pilar fundamental de toda sociedad; por ello, cada hogar que se desintegra supone también un paso más hacia la descomposición del tejido social.
Hay otro aspecto de esta cuestión que no debe pasarse por alto: la vida matrimonial está estrechamente vinculada con nuestra condición de siervos de Dios y con la responsabilidad que ello implica. En efecto, con la celebración del matrimonio surgen para ambos cónyuges derechos y deberes recíprocos. Cada error cometido en la vida conyugal puede dar lugar a faltas por las que tendremos que rendir cuentas ante Dios. Además, si no se actúa con el debido cuidado, pueden verse comprometidos también los derechos de otras personas, lo que no solo agrava la responsabilidad moral, sino que puede abrir la puerta a nuevas transgresiones.
¿Es posible que una persona con conciencia permanezca indiferente ante un panorama como este? Y si, además, posee una sensibilidad especial, con cada pilar que se derrumba de un hogar siente también que algo se desploma en lo más profundo de su propio mundo interior. Un corazón capaz de entristecerse al ver caer una hoja de un árbol o de derramar lágrimas por la muerte de una hormiga difícilmente puede permanecer impasible cuando una familia se desintegra; ante una tragedia así, siente como si él mismo se hiciera pedazos.
La desintegración y el deterioro que se observan en la familia tienen múltiples causas. Entre las principales se encuentran los deseos y las inclinaciones del alma. Cada vez más, las personas desean vivir la vida “como les apetezca”, es decir, según sus gustos y antojos personales, y esta mentalidad se ha ido extendiendo también al ámbito familiar. De este modo, muchos matrimonios se construyen principalmente sobre impulsos emocionales y deseos pasajeros. Al primar la afectividad inmediata, la razón queda en un segundo plano y la influencia del juicio racional se debilita. En consecuencia, no se tienen suficientemente en cuenta los derechos y responsabilidades mutuas. Las personas no solo son incapaces de comprender el peso de las obligaciones que asumen, sino que tampoco son plenamente conscientes de a qué están diciendo “sí” cuando contraen matrimonio. Asimismo, la influencia de la fe en la otra vida, del sentido de rendición de cuentas y de la conciencia de la piedad va disminuyendo progresivamente en las actitudes y comportamientos. En definitiva, los hogares que desde el principio no se construyen sobre bases sólidas no logran aportar paz ni estabilidad a quienes los forman.
Preparación Mental y Espiritual para el Matrimonio
Los matrimonios que se contraen sin la debida reflexión y sin una preparación suficiente, tanto material como espiritual, con frecuencia no aportan paz a las partes implicadas. En realidad, este tipo de uniones difícilmente pueden considerarse matrimonios en sentido pleno, del mismo modo que el espacio compartido no llega a convertirse verdaderamente en un hogar.
Desde esta perspectiva, las personas que se encuentran en proceso de preparación para el matrimonio deben disponer su mundo mental y espiritual para la vida conyugal. Han de alcanzar la madurez necesaria para poder sostener una relación matrimonial; en cierto sentido, deben volverse “maduros” para el matrimonio. Por ejemplo, deben comprender el significado y el contenido del matrimonio, conocer la naturaleza del otro sexo, aprender cuáles son los ámbitos de responsabilidad de cada cónyuge dentro del hogar y abstenerse de interferir indebidamente en ellos. Quienes emprenden el camino con la intención de compartir toda una vida juntos deben, desde el principio, estar dispuestos a la tolerancia mutua y ser capaces de controlar las posibles emociones negativas que puedan surgir. Del mismo modo, han de prepararse para resolver los problemas que puedan presentarse mediante el intercambio de ideas (teâtî-i efkâr), así como para comportarse con respeto y empatía hacia el otro. Todos estos aspectos están, en última instancia, vinculados a la educación.
Si antes del matrimonio las partes no han pasado por una formación de este tipo ni se han preparado adecuadamente para la vida conyugal, el hogar que formen difícilmente podrá perdurar en el tiempo; podría derrumbarse ante una tormenta intensa. En hogares así, cada día surge una discusión: uno dice algo y el otro responde, devolviendo la palabra y alimentando el conflicto. Con el paso del tiempo, los desacuerdos crecen día a día hasta alcanzar un punto difícil de sobrellevar. En última instancia, una sociedad en la que se agrietan los pilares que sostienen a la familia y se derrumban las columnas del matrimonio no puede mantenerse en pie durante mucho tiempo. Una de las razones importantes por las que el Imperio Otomano logró mantener su dominio durante siglos fue precisamente la solidez de su estructura familiar. Dado que el tejido familiar era fuerte y existía una sólida cooperación y solidaridad entre sus miembros, se formaban generaciones disciplinadas, de carácter firme y con sólidos valores morales. En un entorno familiar donde predominan las discusiones y los conflictos constantes, resulta extremadamente difícil formar individuos sanos y equilibrados.
Los principios expuestos por el Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en el Sermón de la Despedida constituyen fundamentos vitales que afectan directamente a la existencia y continuidad de la sociedad. El Profeta prohibió de manera tajante la usura, abolió las venganzas de sangre, advirtió a su comunidad contra la injusticia, ordenó que los depósitos y responsabilidades fueran confiados a quienes son dignos de ellos, subrayó la inviolabilidad de la vida y de los bienes, y rechazó cualquier pretensión de superioridad basada en el linaje o la raza. Junto a todo ello, prestó especial atención a los derechos y responsabilidades mutuas entre los cónyuges, destacando que las mujeres son una responsabilidad confiada a sus esposos[1]. Todos estos principios constituyen los elementos fundamentales que mantienen en pie a la sociedad, ya que la descomposición social suele comenzar precisamente con el deterioro de estas bases esenciales.
Desde esta perspectiva, por muy profunda que sea la aflicción ante la desintegración de la familia y por grande que sea el empeño en detenerla, nunca será suficiente. Sin embargo, no puede afirmarse que seamos plenamente conscientes de los problemas que afectan a la institución familiar ni que estemos realizando el esfuerzo necesario para evitar su deterioro. Hasta el momento no se ha reflexionado lo suficiente sobre la filosofía de la familia ni se han expuesto con claridad los principios fundamentales sobre los que se sustenta. En los sistemas educativos no han estado presentes asignaturas que aborden el significado y contenido de la institución familiar, y tampoco se han llevado a cabo estudios suficientemente profundos sobre cuestiones como la familia, el matrimonio o la educación de los hijos. Asimismo, estos temas no han sido tratados con la debida amplitud en simposios, mesas redondas o conferencias. Las personas que van a contraer matrimonio no han recibido una formación específica previa al respecto. Ojalá en el mundo del futuro estas carencias puedan ser subsanadas.
Formación Prematrimonial
Las personas que acceden a determinadas profesiones a través de la formación reciben, con el tiempo, cursos adicionales para continuar su desarrollo. De igual modo, no se concede —ni sería correcto conceder— cargos o responsabilidades importantes a quienes no poseen una preparación y experiencia suficientes. Cada función implica una carga de responsabilidad, y no todos están en condiciones de asumirla. Ahora bien, cuando dos personas forman un hogar, ello significa que también asumen una serie de deberes y responsabilidades concretas. ¿Puede considerarse normal que personas que han recibido formación y posteriormente cursos para desempeñar una profesión carezcan de conocimiento alguno en relación con la institución familiar, que constituye la base de la sociedad? ¿Cómo puede confiarse la formación de un hogar a personas que no han leído ni siquiera un libro sobre los derechos de los cónyuges o sobre la educación de los hijos como seres humanos íntegros, o que no han participado, al menos, en algún seminario básico al respecto?
Los seres vivos distintos del ser humano no necesitan educación en este ámbito. Desde el momento en que nacen, saben instintivamente lo que deben hacer. Por inspiración divina, construyen sus nidos y continúan la existencia de sus generaciones. Todo lo que han de realizar ha sido inscrito en su naturaleza por Dios desde su origen. Sin embargo, el ser humano es, en expresión de Bediuzzaman, un ser que “alcanza su perfección mediante el aprendizaje”[2]. Es decir, necesita formación y educación para desarrollar sus capacidades y hacer aflorar su potencial. Si el ser humano depende de la educación incluso para satisfacer sus necesidades más básicas en la vida, resulta comprensible que, en una cuestión tan compleja como la familia, le resulte muy difícil construir un hogar feliz sin haber pasado por una formación seria y adecuada.
Personalmente, si tuviera la posibilidad, haría que las personas que van a casarse obtuvieran, si no un diploma , al menos un certificado relacionado con la vida matrimonial, en virtud del principio de la maslaha mursala (interés público no restringido por un texto explícito). Sometería a quienes se encaminan hacia el matrimonio a un proceso formativo obligatorio y procuraría que alcanzaran la madurez necesaria para poder contraerlo. No permitiría que se casaran personas que no se hayan conocido a sí mismas, que desconozcan la naturaleza del otro sexo, que no sepan en qué consiste el matrimonio o que carezcan de la preparación suficiente para la educación de los hijos. Porque, en la actualidad, ni la escuela, ni la calle, ni siquiera la familia proporcionan en muchos casos una formación adecuada en estos asuntos; más bien, con frecuencia ofrecen modelos negativos. Los medios de comunicación pueden presentar el divorcio como un acto de valentía, mientras que las series y las películas erosionan continuamente los valores fundamentales que sostienen a la familia. En un entorno así, el hogar se encuentra amenazado desde múltiples frentes. Ante esta realidad, cabe preguntarse: ¿dónde y cómo aprenderán los jóvenes que van a casarse aspectos como la vida, la naturaleza humana, la “ciencia de la convivencia social”, la conciencia de la responsabilidad, sus derechos y deberes, y las dinámicas esenciales del hogar?
En este asunto quizá no podamos hacer oír nuestra voz a todos ni lograr que todos presten atención a nuestras palabras. Sin embargo, al menos podemos comenzar por aquellas personas que nos quieren y nos respetan. Como mínimo, podemos orientar en este ámbito a los amigos que tengan en consideración nuestras palabras y estén dispuestos a escuchar nuestros consejos. De este modo, podemos contribuir a que vivan una vida matrimonial basada en la cooperación mutua y la solidaridad, en un clima de paz y confianza. Si logramos ofrecer buenos ejemplos dentro de nuestro círculo de influencia, ello podría extenderse con el tiempo al conjunto de la sociedad. Quién sabe, tal vez en el futuro la importancia de esta cuestión sea también reconocida por las autoridades del Estado y el sistema educativo, las administraciones municipales o las instituciones religiosas asuman un papel más activo en este ámbito.
La Familia como Responsabilidad Confiada y La Responsabilidad Social
Todo creyente responsable debe considerarse a sí mismo implicado en la cuestión de la familia y esforzarse, dentro de sus posibilidades, por su protección. En particular, aquellas personas que poseen conocimiento y experiencia en este ámbito deberían prestar ayuda a las parejas que atraviesan dificultades familiares. Con distintos pretextos y oportunidades, se debería visitar a las familias del entorno cercano, escuchar con atención sus problemas y buscar vías de solución. Asimismo, conviene recomendar libros útiles, ofrecer sugerencias prácticas y, cuando sea necesario, recurrir al apoyo de especialistas. En la medida de lo posible, se debe intentar reparar las grietas que surgen dentro del hogar.
El hecho de que el Corán recomiende el nombramiento de árbitros[3] para la resolución de los conflictos familiares también pone de manifiesto la responsabilidad de la sociedad en esta materia. En la actualidad, cuando surge una desavenencia entre los cónyuges, con frecuencia se recurre directamente a los tribunales, donde los jueces, dentro del marco de las leyes vigentes, suelen dictar la sentencia de divorcio. Sin embargo, los jueces, por la naturaleza de su función, no pueden ofrecer orientación a las partes, ni guiarles en su proceso, ni dirigirse a su mundo interior de sentimientos y valores. Este vacío podría ser cubierto mediante la figura de los árbitros. Estos, en lugar de abordar los problemas exclusivamente desde una perspectiva jurídica rígida, podrían tratar a las partes con una actitud de compasión y cuidado, abordando la situación casi como lo haría un médico experto, y esforzándose por resolver los conflictos desde una visión más amplia y comprensiva. No obstante, no debe olvidarse que, en las condiciones actuales, la aplicación de este sistema conlleva sus propias dificultades específicas.
Para que puedan establecerse hogares sanos o resolverse los problemas ya existentes, es necesario aprovechar necesariamente las sanciones espirituales que la conciencia de la piedad (taqwa) genera en el interior de las personas, así como la fuerza reguladora de la religión en la organización de la vida. Porque cada actitud y comportamiento dentro de la familia, como ya se ha señalado, posee una dimensión que afecta a nuestra relación con Dios y se proyecta hacia la vida futura. Desde esta perspectiva, por un lado deben recordarse las promesas y buenas nuevas de la religión a quienes tratan bien a sus cónyuges; por otro, debe ponerse de relieve la responsabilidad en la otra vida que implican las vulneraciones de derechos. En realidad, si pudiéramos orientar nuestra vida según la perspectiva del Más Allá, mantener siempre viva en nuestra mente la conciencia de la rendición de cuentas y no salir del ámbito de la piedad, nuestros hogares se transformarían en gran medida en auténticos rincones de paraíso.
[1] Muslim, Hajj 147; Abū Dāwūd, Manāsik 55; Ibn Mājah, Manāsik 84.
[2] Bediuzzaman, Palabras, p. 336 (Vigesimotercer discurso, primera sección, cuarto punto).
[3] Sura An-Nisá (Las Mujeres), 4:35
