Pregunta: En ocasiones, tenemos la sensación de que el mundo en el que vivimos nos transforma. Ante una realidad en constante cambio, ¿cuáles deberían ser los límites y principios que orienten esa transformación?
Respuesta: Primero comencemos por reconocer una verdad esencial: solo Dios, Exaltado sea, está absolutamente por encima de todo cambio, mutación y transformación; es ajeno a las condiciones del tiempo y del espacio, a la multiplicidad de formas y colores, y a cualquier tipo de diferenciación o alteración. En segundo lugar, no debe perderse de vista que el cambio, tanto en nuestra constitución física como en nuestro mundo intelectual y espiritual, constituye una de las realidades más fundamentales de la vida. Nuestra existencia comienza con la fecundación del óvulo por el espermatozoide y, posteriormente, atraviesa un largo proceso de transformaciones y desarrollos hasta alcanzar su forma definitiva. Sin embargo, este proceso no concluye con el nacimiento. Incluso después de venir al mundo, continúan los cambios tanto en nuestra estructura física como en nuestra vida interior, espiritual e intelectual. Del mismo modo, la cultura en la que crecemos y el entorno en el que vivimos influyen en nuestros sentimientos y pensamientos, contribuyendo a moldearlos y darles forma.
Además, el cambio no es un fenómeno exclusivo del ser humano; es una ley que rige todo el universo de la existencia. La Tierra es escenario constante de procesos de formación y desaparición, de surgimiento y extinción. Los seres, a través de continuas transformaciones, van adquiriendo con el tiempo nuevas formas y naturalezas.
Sin embargo, se entiende que el cambio al que alude la pregunta no se refiere tanto a estas transformaciones naturales e inevitables, sino más bien a aquellas relacionadas con las creencias y los valores que profesamos. Como musulmanes, contamos con unos principios fundamentales de fe que hemos adoptado. Asimismo, existen determinadas obligaciones cuyo cumplimiento exige nuestra fe. Del mismo modo, los dictámenes claros e inequívocos del Corán y de la Sunna, nuestras fuentes de referencia esenciales, constituyen los pilares inmutables de nuestra vida religiosa. Por ello, si el cambio afecta a estos ámbitos, debe ser objeto de reflexión y cuestión. Si hoy hemos comenzado a pensar o a actuar de manera distinta respecto a principios de fe y práctica religiosa que antes aceptábamos y defendíamos, entonces, independientemente de que lo llamemos “cambio”, “transformación” o le demos cualquier otro nombre, en realidad estamos ante una desviación o una degeneración.
En este punto es necesaria una seria autovigilancia interior. Si hemos tomado a Dios como nuestro protector, y conforme al versículo: فَمَنْ يَكْفُرْ بِالطَّاغُوتِ وَيُؤْمِنْ بِاللّٰهِ فَقَدِ اسْتَمْسَكَ بِالْعُرْوَةِ الْوُثْقٰى لَا انْفِصَامَ لَهَا “Quien niegue a los taghut (falsas deidades y fuerzas del mal (que instituyen pautas de creencia y gobiernan desafiando a Dios) y crea en Dios (como único Dios, Señor y Objeto de Devoción) se ha aferrado al asidero más firme e irrompible.”[1] nos hemos adherido con firmeza a Su cuerda inquebrantable, entonces, vivamos donde vivamos, no estaremos expuestos a cambios en lo que respecta a nuestros sentimientos y pensamientos relativos a la religión y la vida de fe. Cuando vivimos con esta convicción, creemos que, aunque nos sumerjamos en las profundidades, no nos ahogaremos, y que aunque se nos arroje al fuego, no nos quemaremos.
No debe olvidarse tampoco que, en aquellos pasajes del Corán y de la Sunna susceptibles de interpretación, pueden existir diferentes lecturas. Las personas cualificadas, teniendo en cuenta las circunstancias del tiempo en el que viven, pueden realizar nuevas deducciones jurídicas e interpretaciones (istinbāt e ijtihād) sobre aquellas disposiciones religiosas abiertas a la interpretación, o bien optar por una de las interpretaciones ya existentes. Por consiguiente, en función de los cambios del tiempo, pueden darse ciertas diferencias y variaciones en cuestiones religiosas de carácter secundario o detallado.
Del mismo modo, la dificultad del entorno y de las circunstancias puede hacer necesario recurrir a ciertas concesiones legales (rujṣa) o actuar conforme a las disposiciones de la necesidad (darūra). Sin embargo, no debe olvidarse que esto constituye una situación excepcional y temporal, y que aquello que en principio es reprobable solo se considera permitido en la medida estrictamente necesaria. Asimismo, la determinación de esa medida no debe dejarse a los deseos y caprichos, sino que depende de la fe, la intención sincera y el juicio de la conciencia. Si una persona recurre a las concesiones de la religión en un lugar o situación en la que no debería hacerlo, estará haciendo un uso indebido de ellas y, por tanto, será responsable ante Dios.
Aunque el juicio de la conciencia tiene una importancia fundamental en la determinación de las concesiones legales y de las situaciones de necesidad, la consulta (shûrâ) no debe en absoluto descuidarse. Esto se debe a que los deseos y las inclinaciones pueden interferir en el juicio. Podemos dejarnos llevar sin necesidad por fantasías, ocuparnos en distracciones superfluas e incluso, sin darnos cuenta, ser arrastrados hacia el pecado. En tal caso, la persona se estaría poniendo en peligro por sus propios medios. Sin embargo, otras personas —en especial aquellas cuya conexión con Dios es fuerte y que son capaces de abordar las cuestiones desde una perspectiva amplia y abarcadora— pueden realizar evaluaciones más objetivas sobre nosotros. Por ello, cuando apoyamos el juicio de nuestra conciencia con la conciencia colectiva y lo sometemos a la valoración de otros, disminuye la posibilidad de error y se abren vías para tomar decisiones más acertadas.
Conviene recordar especialmente que lo que nos corresponde es ser seguidores del camino de la firmeza (ʿazīma). Por ello, en lo que respecta a nuestras propias cuestiones personales, procuramos actuar, en la medida de lo posible, conforme a las exigencias de la firmeza y la exigencia moral más elevada. No obstante, también sabemos que en la religión el principio fundamental es la facilidad, y por ello no imponemos a nadie estas opciones como una obligación.
No puede afirmarse que el cambio sea, en sentido absoluto, “bueno” o “malo”. El juicio que se emita sobre el cambio puede variar según las intenciones, del mismo modo que puede diferir de un estado a otro y de una actitud a otra. Sin embargo, todo cambio que implique una desviación de nuestras disciplinas fundamentales es, para nosotros, reprobable e inaceptable. Cualquier transformación que nos aleje del beneplácito divino, que enfríe nuestra preocupación por la exaltación de la palabra de Dios, que hiera nuestro mundo del corazón y del espíritu o que contradiga nuestro sistema de valores, es absolutamente inaceptable. Nuestra religión y nuestra vida espiritual son para nosotros tan vitales como la propia vida; cualquier daño que les afecte nos duele en el corazón como si una lanza se nos clavase en el pecho.
Un cambio que nos permita comprender correctamente nuestra época y adaptarnos a ella debe considerarse, para nosotros, una necesidad. Por ejemplo, hasta tiempos recientes no existían ni internet ni las redes sociales. En un contexto en el que otros utilizan estos medios en beneficio de sus propias ideas y objetivos, no sería concebible que nosotros permaneciéramos completamente ajenos a estos ámbitos. Del mismo modo, las personas que viven vinculadas a un noble ideal deben tener en cuenta el mundo cultural de los públicos a los que se dirigen; y, siempre que no contradiga nuestras disciplinas fundamentales, su adaptación a los entornos en los que se encuentran constituye un requisito natural de la misión que desempeñan.
Con la expresión de Rumi, mientras uno de nuestros pies permanece firmemente anclado en el centro de la verdad, el otro debe recorrer entre los setenta y dos pueblos.[2] Mientras nuestro corazón late por Dios, debemos esforzarnos por despertar ese mismo entusiasmo en otros corazones, y decir: “¿Por qué otros no habrían de experimentar y saborear los deleites espirituales que nosotros hemos sentido? Mientras nosotros alcanzamos la alegría de la servidumbre a Dios, ¿por qué otros habrían de ser privados de ella? Mientras caminamos hacia el paraíso eterno, ¿por qué otros habrían de quedar excluidos de este camino?”
Especialmente en una época en la que los pecados se desbordan como una riada, puede ocurrir que a quien ha consagrado su corazón a una misión tan sagrada le salpique en ocasiones alguna mancha de una situación generalizada y difícil de evitar (belvâ-yı âmm). Como quien arriesga su vida para salvar a un amigo atrapado en el pantano, también él puede verse obligado a asumir ciertos sacrificios. Porque, cuando se trata de procurar la felicidad eterna de las personas o de salvarlas de la perdición, soportar algunas cosas no deseadas constituye un sacrificio importante.
En efecto, no debe mirarse toda forma de cambio con una actitud negativa. Ante todo, debe considerarse si dichos cambios son contrarios a nuestros valores fundamentales y, en segundo lugar, deben evaluarse la intención y el propósito de la persona. Sin embargo, aunque nosotros abordemos el asunto desde esta perspectiva, para quienes no viven con la pasión de salvar a otros no será fácil comprender a quienes, como un bombero, toman su manguera y corren para apagar los incendios.
Si sentimos alguna preocupación respecto al cambio, debemos dirigirnos a nuestro mundo interior y mirar hacia nuestro corazón. ¿Acaso en todas nuestras acciones somos capaces de anteponer la complacencia de Dios por encima de todo? ¿Late nuestro pulso constantemente con la preocupación por la exaltación de la palabra de Dios? ¿Consideramos grandes aquello que Dios ha considerado grande y mostramos el respeto debido a lo sagrado? Cuando nos vemos expuestos a dificultades y penurias en el camino de Dios, ¿llegamos a lamentar la senda que hemos emprendido? ¿Existe en nuestro interior el más mínimo arrepentimiento por ser musulmanes? ¿Somos capaces de recibir siempre los decretos de Allah con paciencia y aceptación? ¿Miramos con anhelo la vida ostentosa de la gente del mundo?
Si ante todas estas preguntas nuestro corazón mantiene su rectitud y firmeza, no hay motivo para una preocupación excesiva; pues ello constituye, en esencia, la señal más clara de que no hemos cambiado en un sentido negativo.
[1] Sura 2 Al-Baqara (La vaca) , 2/256
[2] Prof. Dr. B. Fürüzânfer, Mawlânâ Yalal ad-Din, p. 17 (trad. Faruk Nafiz Uzluk). Publicaciones de la Dirección Provincial de Cultura y Turismo de la Gobernación de Konya, Konya, 2005.
