La Intención Integral y la Gratitud Integral

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Pregunta: Nuestro maestro Bediuzzaman Said Nursî afirma que la gratitud integral puede cumplirse mediante una intención integral[1]. ¿Podría usted explicar este asunto con más detalle?

Respuesta: Como ha transmitido el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones sean con él), las acciones se valoran según las intenciones[2]. De hecho, la intención puede suplir aquellos vacíos que la persona no logra colmar con sus obras en el ámbito de la servidumbre a Dios[3]. En este sentido, lo que conduce al ser humano al Paraíso no son únicamente sus actos externos, sino su determinación en el camino de Dios, su esfuerzo constante, su orientación interior, su aspiración elevada y la intención profunda de su corazón.

Si el Altísimo nos retribuyera únicamente en proporción a nuestras obras, no solo no alcanzaríamos las bendiciones del Paraíso, la visión divina (ru’yah), la complacencia (riḍwān) ni la felicidad eterna, sino que ni siquiera podríamos aspirar a una vida en la tumba en verdadera paz. En realidad, nuestras obras no bastan ni para agradecer debidamente los dones de esta vida. Incluso si pasáramos la existencia en constante prosternación, sin levantar la cabeza, no lograríamos corresponder a la inmensidad de las gracias recibidas. Como se expresa en el Gulistán (Sadi, El Jardín de Rosas), el ser humano tiene la obligación de agradecer a Dios dos veces por cada instante de respiración, ya que en cada inhalación y exhalación se le renueva la vida. Por ello, ni siquiera somos capaces de cumplir plenamente la gratitud debida por cada aliento. En este sentido, lo que nos hace merecedores de las moradas eternas no son nuestras obras limitadas en una vida breve, sino la amplitud de nuestra intención orientada hacia Dios y nuestra disposición interior hacia Él.

Un creyente, ante la abundancia desbordante de las bendiciones que le rodean, mantiene siempre una actitud de humildad y se esfuerza por vivir una existencia colmada de gratitud. Impulsado por su fe, afronta su condición de siervo con esta conciencia: “¡Oh Dios mío! Tú eres el Único Absoluto digno de adoración; por tanto, la adoración te pertenece por derecho. Y puesto que yo soy Tu siervo, mi deber es adorarte. Aunque no pueda hacerlo como Tu majestad merece, mientras me concedas vida no abandonaré jamás Tu servidumbre. Aunque me prolongaras la existencia por millones de años, no me alejaría de Tu puerta; dedicaré mi vida a una entrega constante y plena en Tu servicio.” De este modo, consigue vivir sin caer en la ingratitud a la que el demonio intenta arrastrar al ser humano.

La intención integral colma los vacíos que dejan nuestras obras y nos abre el camino hacia la felicidad eterna. De este modo, los actos de adoración del siervo se convierten en el referente más sólido de aquello que posteriormente proyecta realizar y ha fijado en su intención.

Y solo Dios lo sabe, la respuesta del Altísimo a esta intención integral del ser humano es la siguiente: “Siervo mío, has sido veraz en tu palabra, pues cuando se te presentó la ocasión cumpliste con las adoraciones que te fueron prescritas. Es evidente que, si se te hubiera concedido una vida más larga, habrías llevado también a la práctica la servidumbre que habías concebido en tu intención. Por ello, doy por realizados los actos de adoración que has querido cumplir pero que no has podido llevar a cabo.”

Es gracias a esta intención integral nuestra que realizamos una sola obra, mientras que Dios la multiplica como si fueran un millón, y de este modo nos hace dignos de la felicidad eterna.

Por otra parte, gracias a nuestra intención integral, podemos alcanzar una recompensa como si hubiéramos logrado aquello que hemos anhelado pero no hemos podido realizar. Por ejemplo, el verdadero sentido de ser humano consiste en orientar la vida hacia el horizonte del insan-ı kâmil (el ser humano perfecto). Podemos proponernos ese ideal, pero nuestras capacidades quizá no alcancen, o las circunstancias no resulten propicias; así, podemos quedar detenidos en algún tramo de ese camino. Sin embargo, el Altísimo, según la sinceridad de la intención, toma como referencia el esfuerzo y la aspiración desplegados en esa dirección. De este modo, puede conceder la recompensa del resultado buscado y, por Su gracia, colmar los vacíos de nuestro registro de obras.

Del mismo modo, supongamos que vosotros tenéis la intención de que el noble nombre de Muḥammad (la paz y las bendiciones sean con él) se extienda y ondee en todos los rincones del mundo, y que, en la medida de vuestras posibilidades, os esforzáis por hacer realidad ese objetivo. Si el Altísimo acepta esta intención integral, os recompensará conforme a ella, y, independientemente del punto en que os encontréis en ese camino, os tratará según vuestra intención y os concederá la recompensa que le corresponde.

Otro, por su parte, se propone sembrar compasión en todos los corazones humanos, prevenir los conflictos en la tierra, erradicar las guerras y establecer en todas partes un clima de tolerancia y diálogo. En la medida de sus fuerzas y posibilidades, emprende los pasos que corresponden en esa dirección. Y el Altísimo, con Su poder infinito, colma la distancia entre la intención del siervo y sus obras.

Conviene subrayar una vez más que el valor de esta intención integral ante Dios depende de que cumplamos con las responsabilidades que nos han sido encomendadas y de que despleguemos, hasta donde alcancen nuestras fuerzas, todo nuestro esfuerzo y empeño. Ya se trate de aspirar al horizonte del insan-ı kâmil (el ser humano perfecto), de servir a la causa de la exaltación de la Palabra de Dios (i‘lâ-i kelimetullah), o de cualquier otra meta que la religión nos señale en el camino hacia la complacencia divina, debemos mantenernos plenamente orientados hacia ese ideal, pensar en él constantemente y perseverar sin descanso en su búsqueda. Las obras que realizamos constituyen, en cierto modo, el cimiento sobre el cual se edifican nuestras intenciones. Quizá el esfuerzo que logramos ofrecer no sea más que una gota frente a la inmensidad de la tarea. Pero esa gota debemos presentarla nosotros, para que el Altísimo, en consideración a nuestra intención integral, la transforme en un océano y convierta nuestras partículas en soles.

En cuanto a la gratitud integral, la condición esencial para poder cumplirla consiste en tomar plena conciencia de las incontables bendiciones con las que el Altísimo nos ha favorecido. Ante todo, Él nos sacó de la nada y nos hizo comparecer en el escenario de la existencia; y no solo nos otorgó el ser, sino que además nos honró con el don de la vida. Después, no nos dejó en el mero nivel de la animalidad, sino que nos elevó con la bendición de la condición humana. Más aún, nos hizo formar parte del círculo luminoso del Orgullo de la Humanidad (la paz y las bendiciones sean con él) y nos convirtió en creyentes llamados a alcanzar el horizonte del insan-ı kâmil (el ser humano perfecto). Y en los últimos tiempos, en los que el yugo ha sido arrojado al suelo, nos ha distinguido además con el honor de sostener y proteger la religión. A todo ello se añaden innumerables favores, dones y gracias con los que el Altísimo sigue colmándonos a cada instante.

Aunque el ser humano llegara a poseer galaxias enteras, no podría adquirir ni una sola de estas bendiciones. Aunque vendierais la galaxia de la Vía Láctea, ¿podríais acaso comprar el don de la fe? La fe es una gracia tan sublime concedida por Dios al ser humano que se asemeja a una semilla destinada a contener en su seno los Paraísos. Y si el Paraíso ha de desplegarse algún día como un árbol majestuoso, brotará precisamente de esa semilla.

Quien llega a tomar conciencia de todas estas bendiciones comprende que se encuentra ante una deuda de gratitud integral imposible de saldar plenamente. Pues cada favor recibido exige, en correspondencia, un acto de agradecimiento. El Noble Corán exhorta a los creyentes a la gratitud con estas palabras: وَاشْكُرُوا لِي وَلَا تَكْفُرُونِ   “Agradecedme y no seáis ingratos Conmigo[4] Así, nuestras abluciones, nuestras oraciones, nuestro ayuno, nuestro zakat y el conjunto de nuestros actos de adoración constituyen, cada uno de ellos, una expresión de agradecimiento. Sin embargo, las bendiciones divinas son tan innumerables que las obras del ser humano jamás bastan para corresponder a todas ellas. Agradecer a Dios como Él merece y alabarlo de manera digna y perfecta está más allá de nuestra capacidad.

De este modo, el poder cumplir la debida gratitud por las bendiciones queda vinculado a la amplitud de nuestras intenciones. Si con nuestras obras logramos colmar apenas una de las mil “casillas” de la gratitud, el resto se completa a través de nuestras intenciones. Más precisamente, Dios toma en consideración nuestra determinación, nuestro esfuerzo y nuestra intención integral de vivificar todas esas casillas con gratitud, y, por Su misericordia, colma esos vacíos. Como creyentes, respondemos a las bendiciones que poseemos con adoración, recuerdo, reflexión, alabanza y agradecimiento; y cada vez que las evocamos, decimos con el corazón, la lengua y el estado: “Alhamdulillah”. Allí donde nuestra alabanza y gratitud resultan insuficientes, confiamos en que Dios, si así lo quiere, completará esas carencias en virtud de nuestra intención y sinceridad.

La intención transforma la naturaleza de todas las cosas: otorga una profundidad distinta a los actos, convierte lo mundano en trascendente y reviste incluso lo puramente humano de un matiz y un significado de carácter divino. La cuestión esencial es que el ser humano logre vincularse a Dios, consagrarse a una causa elevada y discernir correctamente qué debe anteponer y qué debe relegar. Quienes son conscientes de que su misión fundamental es la servidumbre a Dios y actúan con una determinación casi profética para cumplir debidamente su condición, son aquellos a quienes el Altísimo multiplica sus obras; y quien convierte lo uno en mil es, sin duda, el propio Dios.

[1] Bediuzzaman Said Nursî, Los Rayos, pp. 385-386 (“La Vigésima Cuarta Palabra”, Quinta Rama, Segundo Fruto)

[2] Ver: Sahih al-Bujari, Bed’u’l-Wahy 1, Imân 41, ıtk 6, Menâkıbu’l-Ansâr 45, Aymân 23, Hiyel 1; y Sahih Muslim, Imârat 155.

[3] En este sentido, el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones sean con él) afirmó: “La intención del creyente es mejor que su acción.” (Taberani, al-Muʿjam al-Kabīr, 6/185-186; Beyhaki, Sunan al-Ṣughrā, p. 20)

[4]  Al-Baqara (La vaca), 152