Responsabilidades De Los Promotores Del Diálogo

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La mayoría de las personas piensa que, con la modernización y la globalización, las culturas locales acabarán desapareciendo; sin embargo, esto no es más que una ilusión. Los sentimientos nacionales, las culturas locales y las creencias religiosas arraigan tan profundamente en la vida interior de las personas y se integran de tal manera en su identidad que, aunque puedan ser reprimidos durante un tiempo, reaparecen y cobran fuerza en el momento en que las personas se sienten amenazadas, impulsándolas a actuar. El instinto de autoprotección presente en los individuos se manifiesta también a nivel social. Los sentimientos de pertenencia y las identidades colectivas difícilmente desaparecen. Aunque en ciertos periodos puedan debilitarse, cuando surge una percepción de amenaza vuelven a fortalecerse.

En el mundo actual, la cuestión de la globalización, que ocupa un lugar central en la agenda, provoca inevitablemente un resurgimiento de los sentimientos nacionales y las creencias religiosas en la medida en que es percibida como una amenaza para ellos. A diferencia de lo que suele pensarse, lejos de relegar las culturas locales, la globalización tiende a reforzarlas e incluso a favorecer el surgimiento de tendencias peligrosas como el racismo. En un contexto así, se desarrollan fuertes reacciones frente al “otro”, se elaboran planes para someter o incluso eliminar a los grupos considerados enemigos y se producen grandes estallidos de conflicto. Esta situación hace inevitable la confrontación y el enfrentamiento entre diferentes razas y culturas. Por ello, la globalización no debe evaluarse únicamente en función de las oportunidades y beneficios que promete, sino también teniendo en cuenta los riesgos y peligros que puede conllevar.

Respeto al ser humano

Frente a todos estos posibles peligros, la medida más sensata que puede adoptarse es consolidar en el mundo una cultura de la tolerancia, establecer el respeto por el ser humano como un valor fundamental, agruparse en torno a valores humanos universales y dar impulso a las actividades de diálogo entre los seguidores de distintas culturas y religiones. Lo más importante en este sentido es buscar las formas de reunir a las personas en torno a puntos en común. Ese punto común puede ser, en ocasiones, la adhesión a los libros revelados; en otras, la unidad de sentimientos, ideas y objetivos en torno a valores universales. Allí donde estos no existan, se puede recurrir al denominador común de la humanidad. Quienes valoran una vida orientada a objetivos compartidos deben, en primer lugar, establecer unidad y solidaridad entre sí mismos. Como señala Bediuzzaman Said Nursî en su Tratado de la Fraternidad, es necesario reconocer y valorar los puntos comunes —desde los más amplios hasta los más pequeños— y, posteriormente, esforzarse por difundir este sentimiento y esta forma de pensar a escala mundial.[1]

Nosotros mostramos respeto a todos por el hecho de ser seres humanos y abrimos nuestro corazón a todos. Pues Dios ha creado al ser humano como un ser muy noble, digno y honorable[2], y lo ha dotado del rango de la mejor de las formas de creación (ahsan-i taqwim).[3] Por ello, miramos al ser humano como el “más noble de las criaturas” (ashraf-i makhlûkât) y lo consideramos una valiosa obra del arte divino. Creemos que todo ser humano posee el potencial de llegar a ser una persona perfecta (insan-ı qâmil) y consideramos un deber crear oportunidades y condiciones para que puedan aflorar las virtudes presentes en la naturaleza humana.

La única vía de salida de la humanidad

Consideramos imprescindible, en nombre del futuro de la humanidad, fomentar valores como el amor, el respeto, la paz y la tolerancia. En un mundo en el que se producen armas de gran poder destructivo y en el que los países se ven inmersos en una acelerada carrera armamentística, esta es, sin duda, la única vía de salida para la humanidad. Si algún día los seres humanos llegaran a enfrentarse entre sí y estas armas comenzaran a utilizarse, nadie podría prever la magnitud de la catástrofe que se desencadenaría. Por ello, si se quiere evitar que la humanidad se enfrente a grandes crisis y tragedias, es necesario ante todo crear espacios de entendimiento por distintas vías, dar prioridad a proyectos orientados al bienestar de las personas, y otorgar especial importancia a las iniciativas de tolerancia y diálogo, ampliando y difundiendo aún más estas actividades.

Consideramos imprescindible, en nombre del futuro de la humanidad, fomentar valores como el amor, el respeto, la paz y la tolerancia. En un mundo en el que se producen armas de gran poder destructivo y en el que los países se ven inmersos en una acelerada carrera armamentística, esta es, sin duda, la única vía de salida para la humanidad. Si algún día los seres humanos llegaran a enfrentarse entre sí y estas armas comenzaran a utilizarse, nadie podría prever la magnitud de la catástrofe que se desencadenaría. Por ello, si se quiere evitar que la humanidad se enfrente a grandes crisis y tragedias, es necesario ante todo crear espacios de entendimiento por distintas vías, dar prioridad a proyectos orientados al bienestar de las personas, y otorgar especial importancia a las iniciativas de tolerancia y diálogo, ampliando y difundiendo aún más estas actividades.

Lamentablemente, quienes no logran comprender plenamente la importancia del diálogo parecen haber olvidado lo ocurrido en Hiroshima y Nagasaki, así como los millones de personas que murieron en la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Además, las armas nucleares que poseen hoy los Estados tienen una capacidad de destrucción mucho mayor. Ni siquiera conocemos con exactitud qué tipo de armamento posee cada país. Una guerra nuclear entre tan solo dos países podría provocar daños permanentes y una devastación de enormes proporciones en todo el mundo. La observación de Bertrand Russell[4], según la cual en una guerra nuclear no puede haber vencedores, es absolutamente acertada. En una guerra de este tipo, una parte sería sepultada en la tumba, mientras que la otra quedaría en cuidados intensivos.

La lucha contra los prejuicios

El ser humano puede llegar a considerar enemigo a aquello que no conoce. Una de las causas más importantes de los conflictos y enfrentamientos entre distintas sociedades y culturas, así como del odio y el resentimiento que estas pueden albergar entre sí, son los prejuicios hacia los grupos percibidos como “el otro”. La forma de romper estos prejuicios pasa por el entendimiento mutuo, el respeto y un diálogo basado en la buena voluntad. Es sabido que uno de los mayores problemas de los musulmanes en la actualidad es la islamofobia, extendida a nivel mundial. Sin embargo, aquellas personas que tienen la oportunidad de entrar en contacto con los musulmanes y conocerlos más de cerca suelen revisar sus antiguas percepciones y, en muchos casos, reconocen que estaban equivocadas. Cuando se producen ataques injustos contra el islam, algunos los defienden; y, aunque no puedan hacerlo, al menos evitan sumarse a quienes atacan, optando por el silencio. Cuando uno intenta defenderse por sí mismo, a menudo se enfrenta a reacciones negativas. En cambio, cuando son otros quienes lo defienden, la percepción suele ser más objetiva y el impacto, mucho mayor.

Lamentablemente, como toda la humanidad, también nosotros arrastramos hacia quienes son distintos de nosotros odios y enemistades heredados del pasado. Entre distintas religiones y culturas han existido desde tiempos remotos hostilidades mutuas que se han prolongado hasta nuestros días. Por ejemplo, a los occidentales se les han atribuido calificativos negativos, y de manera similar, ellos han tendido a mantener una actitud distante y prejuiciosa hacia los musulmanes. Quienes se alimentan del odio y la violencia han utilizado cada acontecimiento que surge para avivar aún más ese resentimiento. En este punto, es necesario suavizar este clima cada vez más tenso, romper las rigideces, adoptar una forma de pensar más amplia e inclusiva y acercarnos a todos con amplitud de conciencia y de corazón. Aunque algunos profundicen las grietas entre los pueblos con sus acciones, es una responsabilidad seria y una necesidad ineludible de quienes valoran la paz universal en el mundo buscar formas de cerrar esas brechas.

Beneficio mutuo

Además de romper los odios, los resentimientos y los prejuicios, la forma de transmitir a los demás los valores positivos que poseemos es mantenernos cercanos a ellos y establecer un diálogo con ellos. Por ejemplo, si como musulmán representas adecuadamente tu religión y reflejas sus valores positivos en tu actitud y comportamiento, es imposible que las personas con las que dialogas no lo perciban y no lo aprecien. Del mismo modo, tú también puedes percibir las cualidades positivas en los demás y beneficiarte de ellas. Pues Dios ha creado al ser humano con una naturaleza noble. Por ello, no puede permanecer indiferente ante el bien ni cerrar sus ojos de forma permanente a la belleza. Aunque en un primer momento pueda mostrarse obstinado, tarde o temprano termina por abandonar su terquedad. Por esta razón, no debemos temer ni intimidarnos ante nadie; debemos mantener nuestro corazón abierto a todos, abrazar a todos y mostrar hacia los demás una actitud de amplia humanidad.

Los sentimientos son recíprocos. Así como el odio engendra más odio, el afecto también da lugar a más afecto. Si uno muestra respeto, aprecio y consideración hacia las personas, es de esperar que ellas respondan de la misma manera. Si abres tu corazón a los demás, también estarás abriendo la puerta para que otros te abran el suyo. La dureza y la aspereza alejan a las personas, mientras que la compasión y la suavidad las acercan. Pues Dios ha creado al ser humano con una naturaleza generosa y noble. Si somos capaces de aprovechar bien este aspecto de la condición humana, podremos hacer florecer la tolerancia, el amor y el afecto en todo el mundo. De ello nadie sale perjudicado; al contrario, todos salen beneficiados.

Quienes piensan que los problemas del mundo pueden resolverse únicamente a través de la política, de los esfuerzos de los dirigentes o de los acuerdos entre gobiernos se equivocan. Sin duda, todo ello tiene su lugar y su importancia, pero lo verdaderamente decisivo es que los pueblos puedan acercarse entre sí, y que personas de distintas razas, religiones y culturas entren en contacto unas con otras. En otras palabras, como solemos decir, es necesario resolver el problema en el ser humano mismo y educar a generaciones capaces de abrazar el futuro. Necesitamos difundir el amor al ser humano, la comprensión de la tolerancia y la idea de respeto hacia el otro en la base de la sociedad, e iniciar un movimiento que surja desde abajo en esta dirección. Si esto se logra, aunque cambien las épocas y los regímenes, los diálogos, los acuerdos y los intercambios mutuos podrán continuar. De lo contrario, iniciativas que comienzan como una ola pueden ser fácilmente destruidas por otra.

La fuente del diálogo

Algunos musulmanes han hecho comentarios inapropiados sobre el diálogo y se han opuesto a las iniciativas de diálogo. Sin embargo, el diálogo no tiene ningún aspecto que sea contrario a la religión. Tanto el Sagrado Corán como la Sunna nos exhortan a establecer buenas relaciones con los demás. Por esta razón, la motivación fundamental de nuestras iniciativas en favor del diálogo ha sido nuestra propia religión. Hasta ahora hemos procurado realizar todas nuestras actividades estableciendo una conexión con las fuentes fundamentales de nuestra fe y basándonos en ellas como referencia. Nos hemos esforzado por mantenernos alejados de actitudes y comportamientos que consideramos contrarios a nuestra religión, y en este sentido nos hemos encomendado a Dios para no cometer errores. En todo momento hemos intentado mostrar que el Islam está del lado de la paz y que la violencia y el terrorismo no son compatibles con el Islam. Por tanto, no es posible atribuir la idea del diálogo únicamente a nuestras posturas humanistas ni a nuestras interpretaciones personales; al contrario, se trata de un concepto estrechamente vinculado a las fuentes fundamentales de nuestra religión.

Un asunto tan importante como el diálogo no debe depender de los sentimientos, de la iniciativa o de las preferencias personales de unos pocos, ni debe ser considerado únicamente como una cuestión coyuntural. De lo contrario, su continuidad no estaría garantizada. Si en algún momento las personas abiertas al diálogo, con el corazón puesto en la humanidad, fueran sustituidas por otras inclinadas hacia la ira y la violencia, las iniciativas de diálogo también podrían desaparecer. Sin embargo, si logramos demostrar que el diálogo tiene su origen en nuestras fuentes fundamentales, que está basado en la religión, que se enmarca dentro de los mandatos de Dios y que se apoya en la práctica del Profeta (la paz y las bendiciones sean con él), entonces su permanencia quedará asegurada. Nadie tendría la capacidad de alterar una concepción del diálogo de este tipo, y no habría motivo de preocupación al respecto. Pues no es concebible que un musulmán que conoce bien su religión se oponga a ello.

El avance de esta cuestión sobre una base sólida y duradera depende también de la actitud de quienes trabajan en este ámbito. Las iniciativas realizadas en nombre del diálogo deben ser siempre conformes al espíritu de la religión, sin hacer concesiones ni siquiera en sus aspectos secundarios. De lo contrario, habremos dañado nuestra credibilidad y agotado nuestro capital de confianza. En los pasos que demos, debemos tener en cuenta no solo el presente, sino también el futuro. Aunque nos encontremos y dialoguemos con personas de distintas religiones y culturas, cada uno debe mantenerse fiel a su propia posición y mostrarse tal como es en su mundo de creencias y cultura. Debemos respetar la posición de los demás tanto como la nuestra propia, para que, al intentar agradar a unos, no ofendamos ni alejemos a quienes comparten nuestra misma fe. Del mismo modo, al tender puentes con otros, no debemos destruir los puentes que nos unen con los musulmanes.

Pasos razonables y estratégicos

Aunque consideremos el diálogo como una necesidad imprescindible para la llegada de la paz y el bienestar en el mundo, no debemos olvidar que existen personas que piensan de manera diferente al respecto. En lugar de perder tiempo con quienes nos dificultan el camino o lo rechazan, especialmente al inicio, debemos esforzarnos por encontrar a quienes comparten nuestra misma visión y caminar junto a ellos. Debemos consultar con ellos qué se puede hacer por el bien y la rectitud de la humanidad, presentarles las actividades que ya se están llevando a cabo para que las evalúen y, de este modo, encomendar los asuntos a una conciencia colectiva.

Por mucho que hablemos de respeto a las posiciones de los demás y de amplitud de conciencia, no debemos olvidar que tanto en nuestro interior como en los entornos con los que dialogamos puede haber personas rígidas, intolerantes y radicales. Por ello, debemos planificar cuidadosamente los pasos que demos y los proyectos que llevemos a cabo. Por ejemplo, si formar parte de una organización conjunta bajo un mismo techo con ciertas personas pudiera atraer críticas y perjudicar las iniciativas de diálogo, deberíamos conformarnos con actividades comunes más limitadas y adecuadas. Todo lo que hagamos debe abordarse con un buen estudio de viabilidad, consultando con personas competentes, realizando intercambios de ideas y buscando, en la medida de lo posible, vías que puedan ser aceptadas favorablemente por amplios sectores. Por un lado, debemos ser absolutamente sinceros en nuestra intención; por otro, debemos llevar a cabo nuestras acciones de manera razonable, estratégica y con sabiduría.

Como puede verse, la responsabilidad que hoy recae sobre los promotores del diálogo no es en absoluto menor ni insignificante.

[1] Véase: Bediuzzaman, Cartas (Mektubat), pp. 296-306 (Vigésima segunda carta, primera sección)

[2] Véase: Sura Al-Isrá, 17:70

[3] Véase: Sura At-Tín, 95:4

[4] Bertrand Russell, Sentido común y guerra nuclear. 1959